Un ingeniero argentino se va de vacaciones con sus empleados
Desde hace una década impulsa travesías que combinan deporte, compañerismo y aprendizaje para los 25 trabajadores de su constructora en Neuquén. La iniciativa nació de su propia historia de esfuerzo y de la convicción de que el progreso también se construye con experiencias.
A los 63 años, Hugo Acito no mide el éxito solo en metros cuadrados edificados. El Ingeniero civil y dueño de la constructora San Agustín en Neuquén, decidió que parte del crecimiento de su equipo debía darse fuera de la obra: en montañas, rutas, ríos y hasta en Europa.
“Quiero que les puedan contar a sus hijos que el mundo es más ancho de lo que creían”, resumió. Detrás de esa frase hay una historia personal marcada por el trabajo desde la infancia, la superación y una incomodidad que lo acompañó durante años. “Me sentía mal irme de vacaciones y que mis empleados no pudieran hacerlo”, expresó.
De ayudar a su padre albañil a dirigir su propia empresa
Nacido en La Plata, Acito comenzó a trabajar a los 7 años junto a su padre, albañil. Por la mañana lo acompañaba a la obra y por la tarde asistía a la escuela. Fue el primero de cinco hermanos en continuar estudios secundarios y luego universitarios.
Se recibió de ingeniero civil en la Universidad Nacional de La Plata y, con USD 200 en el bolsillo, viajó a Neuquén para buscar oportunidades. Durmió en la terminal de ómnibus hasta conseguir trabajo y, años más tarde, fundó su propia empresa constructora.
La crisis de 2001 lo puso al borde de la quiebra y debió vender bienes para pagar sueldos. Tiempo después atravesó una operación por un tumor facial. Esa etapa lo llevó a replantearse prioridades: “Ahí entendí que lo más importante es lo que uno vive”, sostuvo.
Travesías que exigen esfuerzo y entrenamiento
Hace diez años decidió transformar esa reflexión en acción concreta. Cada marzo propone una actividad voluntaria para su equipo. No tiene costo para los trabajadores; él asume los gastos. Si el desafío requiere preparación, entrenan después del trabajo o los fines de semana.
Entre las experiencias más exigentes estuvo la escalada al Volcán Lanín, una cumbre emblemática de la Patagonia. También recorrieron la Ruta de los Siete Lagos y realizaron travesías náuticas de diez días entre Neuquén y Viedma.
El espíritu no es turístico en sentido tradicional. La meta es que comprendan que sin constancia no hay resultados. La preparación física, el compañerismo y la superación personal son parte central del proceso.
Del sur argentino a España y Francia en bicicleta
Uno de las experiencias más recordadas fue el viaje a Europa para recorrer en bicicleta parte del Camino de Santiago. Muchos no habían viajado jamás en avión. El recorrido incluyó tramos de España y Francia, con jornadas de hasta 120 kilómetros de pedaleo mutuamente.
Para varios fue la primera vez frente al mar o en una embarcación, como ocurrió en una salida de pesca en Bahía San Blas. Las anécdotas se multiplican, pero el impacto va más allá de la aventura.
Gabriel Barriga, uno de los 25 empleados, asegura que estas experiencias fortalecieron el vínculo entre compañeros y le cambiaron la perspectiva. Tras subir el Lanín y viajar a Europa, comenzó a fijarse metas personales, como construir su propia casa y proyectar un viaje futuro con su hija.
Una filosofía que también se refleja en la obra
Acito insiste en que el progreso no es solo económico. “Si mis empleados no progresan, ¿de qué sirve lo que hago?”, planteó. Desde que comenzaron las travesías, nota mayor compañerismo en las obras y se ayudan ante dificultades personales.
La iniciativa también está atravesada por su visión solidaria. Cada año, en su cumpleaños, en lugar de regalos pide leche en polvo para donar a la Fundación CONIN.




