Los restos de los tomates podrían servir como combustible para los aviones

Investigadores europeos desarrollan una tecnología que convierte los restos de la verdura en queroseno sostenible para la aviación. Esta iniciativa busca reducir los desechos agrícolas y ofrecer una alternativa más ecológica al combustible convencional.

Un proyecto europeo investiga cómo convertir los restos de tomates en combustible sostenible para aviones. Los subproductos de la industria alimentaria, como las semillas y pieles de esta verdura (botánicamente considerada una fruta), que normalmente se descartan, podrían ser una solución clave para la aviación europea. 

Según la Universidad Tecnológica de Graz, estos residuos no solo permitirían reducir desechos, sino que también contribuirían a la descarbonización del sector.

Este proyecto, denominado ToFuel, se lleva a cabo en Austria y tiene como objetivo desarrollar una refinería sin residuos, que sea climáticamente neutra y capaz de producir combustibles a un precio competitivo. Aunque no se trata de una solución única, se calcula que los restos de tomate podrían proporcionar un 3% del combustible sostenible necesario para la aviación europea. La clave, según los investigadores, está en aprovechar los recursos renovables para reducir las emisiones de carbono.

Innovación en la producción de combustible sostenible

Los investigadores identificaron diversas técnicas para procesar estos restos, como someterlos a altas temperaturas y presiones para liberar sus células. Este proceso hace que los microorganismos trabajen mejor y produzcan lípidos, que son las grasas utilizadas como base para los combustibles. También se estudia una opción para convertir los restos del tomate en un aceite similar al petróleo, que luego se purifica y se transforma en combustible.

Marlene Kienberger, directora del proyecto ToFuel, destacó que este proceso no es un experimento de laboratorio, sino una innovación que busca ser completamente compatible con los aviones actuales. 

El siguiente desafío para la innovación es industrializar el proceso y llevarlo a una escala mayor. En 2026, el proyecto iniciará con la colaboración de 11 socios europeos, que incluirán universidades, centros de investigación y empresas del sector agroalimentario. 

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