La Sexión: “Usar una app para rastrear a tu pareja”
La Lic. Noelia Benedetto habla de la app para "rastrear" a tu pareja y se plantea: ¿control, ansiedad o ritual de seguridad?

En los últimos días, el fenómeno de “ser rastreados” por una aplicación en la pareja se volvió viral por una entrevista del Pollo Álvarez a Juan Otero, hijo de Florencia Peña, quien relató que tanto él como su novio se monitorean mutuamente mediante una app de localización, pudiendo saber si su pareja está caminando, en auto, comiendo o cargando el teléfono.
El asunto que nos convoca es ¿qué impide a dos personas confiar en su vínculo? ¿Hasta dónde un dispositivo de rastreo se instala como un sustituto tecnológico de lo que sería preferible que se construyera desde otra base?
“Rastrearse”: ¿control, ansiedad o ritual de seguridad?
Juan admite que siente ansiedad cuando su pareja sale sin él (y viceversa), y que para evitar malentendidos prefieren no salir. “Mi novio es muy lindo y no parece gay. Entonces se le tiran hombres y mujeres. Y ahora que estoy en pareja, no salgo nunca porque a mí no me gusta que él salga… entonces no puedo salir yo tampoco”.
Esta dinámica bajo la apariencia de “cuidado”, puede encaminarse hacia formas sutiles de control. La insistencia en saber dónde está el otro no surge de un acuerdo libre, sino del miedo y la inseguridad.
Juan reconoce que su novio “también es un poco tóxico y lo aprendió por mí. Porque él no era así y eso… es un bajón porque lo requemé, pobre”. Esto es un ejemplo de que muchas veces el modelo relacional que replicamos (aun sin intención) puede perpetuar dinámicas poco saludables. Cabe preguntarse si estas formas de vincularse reflejan estereotipos internalizados sobre celos o control, podemos naturalizar formas de relacionarnos que responden más al miedo que al deseo compartido de afecto, autonomía y reconocimiento.
Entre la transparencia digital y la intimidad
Las apps para rastrear ubicación o actividad permiten una forma de “transparencia” sin fricciones: un clic reemplaza, en apariencia, una conversación. Pero cuando lo tecnológico suplanta lo simbólico, lo conversacional y la gestión emocional del vínculo, nos quedamos con pocas herramientas para tolerar las frustraciones, las diferencias y la incertidumbre.
Conversar, establecer límites, generar acuerdos: todo eso se pierde si el seguimiento permanente es el que “dotó de confianza” a la relación. La confianza se construye; si tengo que ver para creer, no es confianza, es control.
La app como parche, no como solución
En este caso, no se trata simplemente de “dejar de rastrear vs. dejar rastrearse”, sino de preguntarse:
- ¿Por qué no confío si mi vínculo no regresa de trabajar?
- ¿Qué me pasa cuando sale con otras personas?
- ¿Cómo hago para pensar en mí cuando no está?
- ¿Cómo puedo sostener mi autonomía dentro del vínculo?
Contexto social y normalización de la vigilancia
Esta práctica no surge en el vacío. Vivimos en una sociedad donde lo vigilante está naturalizado: cámaras, notificaciones, última conexión, geolocalización. De algún modo, también los afectos operan en ese modelo. Cuando una pareja decide rastrearse el monitoreo se convierte en un ritual/prueba de amor, aunque sea un amor que se nutre de controles.
La forma de amar y de ser amado está atravesada por mandatos, roles y representaciones normativas. En este caso, el acto de “saber todo” sobre el otro puede ser interpretado como un mandato internalizado cuando idealmente debería aparecer asociada a la confianza y al consentimiento explícito.
El mito del amor romántico y la trampa del control
Buena parte de la aceptación (e incluso celebración) del rastreo en los vínculos se sostiene sobre el mito del amor romántico, ese relato cultural que nos enseñó que amar es poseer, que los celos son prueba de interés y que “quien te ama te cuida… aunque sea vigilándote”. Esta narrativa transforma el control en un gesto de afecto y deslegitima la autonomía como parte del vínculo. El problema es que bajo esa lógica, la confianza se presenta como la excepción, cuando en realidad es la base que sostiene cualquier relación saludable. Así, el rastreo deja de verse como una invasión y se convierte en “detalle romántico”, reforzando patrones de dependencia y vigilancia que a largo plazo erosionan tanto la libertad como el deseo.
Apagar la app para encender el diálogo
El caso de Juan Otero y su novio es una oportunidad para preguntarnos cómo construimos confianza y qué mecanismos tecnológicos estamos usando para suplir lo emocional. No se trata de demonizar la tecnología, sino de cuestionar su uso.
Amar no puede delegarse a una app. Si la vigilancia reemplaza al diálogo, estamos construyendo vínculos que se parecen menos a nosotros mismos y más a una estadística en tiempo real. Renunciar a rastrear es una metáfora potente: al elegir conversar, elegimos apostarle al vínculo de una manera más incómoda quizás, pero un tanto más saludable.
Los titulares se desprenden de las consultas que propone la audiencia en @lic.noeliabenedetto. Este espacio informativo no suplanta a una consulta con un/a profesional de la salud.
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