La Sexión: Stress de fin de año vs. sexo ¿diciembre suele vaciar la cama?
La Lic. Noe Benedetto abre el paraguas para un diciembre cargadito donde llegan preguntas asociadas a la altura del año como "¿Es normal que tenga menos ganas de tener sexo?", "¿Qué me pasa que no tengo deseo?" y "¿Por qué siento que estoy desconectada de mi pareja o de mi propio cuerpo?"

Cada año, cuando diciembre se acerca, comienzan a repetirse en consultorios, charlas y sobremesas las mismas frases: “no doy más”, “no me da la cabeza”, “quiero que termine el año ya”. Y con ella aparece la duda incómoda ¿es normal que tenga menos ganas de tener sexo? ¿Qué me pasa que no tengo deseo? ¿Por qué siento que estoy desconectada de mi pareja o de mi propio cuerpo?
Lo que atraviesa a diciembre no es solo cansancio; es un fenómeno social, emocional, económico y cultural que repercute directamente en la sexualidad, aunque pocas veces se hable de esto sin caer en recetas simplistas del tipo “agenden un momento para ustedes” o “pónganle creatividad a la intimidad” (con el “ponele voluntad” no hacemos milagros). Diciembre es un mes donde la tensión entre lo que el sistema nos exige y lo que el cuerpo nos da es el verdadero conflicto.
¿Se tienen menos relaciones sexuales en diciembre?
La evidencia clínica y la experiencia cotidiana indican que sí, pero la pregunta es estrecha. Sería interesante preguntarnos ¿por qué es importante la cantidad, por qué es necesario sostener una métrica inclusive en épocas de mayor demanda?
El deseo incansable (ese deseo que mágicamente estaría disponible aunque estemos drenadas, sobrecargadas o preocupadas) es una fantasía. Pero diciembre parece reactivar esa expectativa/exigencia: es como si tuviéramos que cerrar el año siendo productivas también en la intimidad. Vernos bien, ir a mil actos y reuniones de fin de año, sonreír para la foto, ser amables con la familia, organizar, comprar regalos, resolver la comida… y además tener sexo “para mantener la chispa”. Todo eso mientras el cuerpo grita “estoy cansado jefe”.
El fin de año como dispositivo de agotamiento
La sociedad en nuestro lado del globo configura a diciembre como un período de “balance y cierre”, pero ese cierre recae de manera desigual y casi siempre hacia abajo. En términos psicológicos, es un mes donde las demandas superan con creces los recursos subjetivos. Y cuando eso ocurre, el sistema nervioso prioriza funciones de supervivencia. El deseo sexual (que no es necesario para sobrevivir hoy) pasa a un segundo plano. No desaparece, pero queda suspendido.
A nivel biológico, el estrés sostenido aumenta el cortisol, que es un inhibidor del sistema erótico. Pero también impacta la organización social del tiempo: hiperproductividad, carga mental, distribución inequitativa de las tareas de cuidados y reproducción de la vida cotidiana. Las cargas emocionales, domésticas y organizativas recaen casi siempre sobre las mismas personas: mujeres y feminidades.
Mientras muchos socializados varones llegan a diciembre “cansados del trabajo”, muchísimas socializadas mujeres llegan agotadas por: trabajo formal + trabajo doméstico + trabajo emocional + trabajo organizativo de las fiestas + conciliación laboral-familiar + vínculos + acto escolar (trajes) + regalos para toda la familia + planificación de cenas + contención emocional de parientes + logística invisible. Esa sumatoria (carga mental) es enemiga directa del deseo sexual.
No es casualidad que muchas socializadas mujeres digan “no tengo ganas” a fin de año, y que muchos varones interpreten eso como falta de amor, de interés o de atracción, cuando en realidad lo que está fallando no es la pareja, sino la distribución de tareas, el no tengo ganas es más bien un “no tengo resto”.
Diciembre y la intimidad secuestrada
En la clínica, diciembre es un mes donde abunda la desconexión sexual. No necesariamente por conflictos de pareja, sino por saturación. No hay tiempo, no hay cabeza, no hay cuerpo disponible.
La sexualidad requiere presencia, tiempo y espacio interno. No se puede erotizar un cuerpo que está haciendo cálculos mentales sobre cuánto falta para cobrar el aguinaldo, cómo llegar a las fiestas sin discusiones familiares, cómo sostener un presupuesto que no alcanza o cómo equilibrar un año emocionalmente difícil.
El erotismo es incompatible con la aceleración; no se lleva bien con la agenda llena, ni con la hiperdisponibilidad digital, ni con los recordatorios del celular, ni con los deadlines laborales. El erotismo requiere pausa.
El mandato del “cierre sexual del año”
Existe cierta narrativa cultural que presiona a las parejas a “terminar el año bien”, y eso incluye implícitamente tener relaciones sexuales. Una mezcla de mito romántico y mandato que dice que si una pareja no tiene sexo con regularidad (o con cierta intensidad), algo está fallando. Como si la calidad del vínculo pudiera medirse por la cantidad de encuentros sexuales.
En diciembre esa presión se duplica: despedir el año con pasión, reconectar antes de las vacaciones, compensar el estrés con sexo. Todo eso genera culpa cuando no sucede. Y la culpa, lejos de acercar al deseo, lo apaga.
La pregunta que nadie hace es: ¿de dónde se supone que deberíamos sacar la energía para todo eso?
El deseo no es un indicador de salud
El deseo no es una constante estable. El deseo no obedece a la voluntad, no responde a “ponerle onda”. No tener deseo en esta época no es un problema: es un síntoma social. Es la expresión íntima de un sistema que exige demasiado y ofrece poco descanso. El problema no es la libido: es el contexto.
Pero seguimos intentando tratar la sexualidad como si fuera un hábito que se mantiene con disciplina. Esa mirada se vuelve muy exigente a fin de año, cuando muchas personas se sienten quebradas, sin energía, cargadas de culpas y encima cuestionándose por qué no pueden “tener ganas”. El deseo sexual es extremadamente sensible a las condiciones de vida. A veces parece que queremos que el deseo sobreviva a todo: a la inflación, a la jornada laboral extendida, al cansancio, al desánimo, a las dificultades familiares, a la presión estética de las fiestas, al calor, a las listas interminables de pendientes.
La paradoja del descanso que no descansa
Diciembre promete descanso, pero suele llegar con una agenda más llena que cualquier otro mes. Paradójicamente, cuando aparecen las vacaciones o los feriados, muchas personas sienten aún menos deseo. Esto es común y completamente normal: cuando el cuerpo baja revoluciones después de un periodo largo de estrés, aparece el cansancio acumulado. No el deseo. Es el famoso “me relajé y me enfermé”, pero aplicado a la sexualidad: al parar, el cuerpo necesita recuperarse, no excitarse.
Diciembre no es un examen
Una de las ideas más dañinas es pensar que la vida sexual de una pareja refleja su salud. Que si hay menos sexo, hay más problemas. Que si hay más sexo, todo está bien. Esa ecuación es falsa en cualquier mes del año, pero en diciembre puede volverse letal para la autoestima y el vínculo. No deberíamos medir nuestra vida sexual en función de un calendario que no fue diseñado para cuidarnos, sino para organizarnos según la productividad.
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Los titulares se desprenden de las consultas que propone la audiencia en @lic.noeliabenedetto
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