La Sexión: Sexo con personas sintéticas (IA)
La Lic. Noelia Benedetto pone sobre la mesa una nueva dinámica vincular que contempla el uso de la inteligencia artificial como compañía, pareja, confidente y objeto de deseo.

Hace décadas que nuestros vínculos están atravesados por la tecnología. Actualmente la IA no se limita a contestar preguntas o redactar textos, también puede convertirse en compañía, pareja, confidente y objeto de deseo.
Del chatbot al vínculo sexual
La idea de mantener una relación con una entidad artificial dejó hace tiempo de ser patrimonio de la ciencia ficción. Se utiliza la expresión “personas sintéticas” para referirse a entidades artificiales diseñadas para ocupar roles sociales que históricamente asociamos con otras personas: amistades, parejas, amantes, confidentes o terapeutas. Se trata de sistemas capaces de adaptar sus respuestas, recordar información sobre quién interactúa con ellos y construir una “personalidad” relativamente consistente, de modo que la experiencia pueda ser vivida como un vínculo y no simplemente como el uso de una herramienta tecnológica.
Dentro de este universo aparecen las personas que utilizan estas inteligencias artificiales para conversar de manera erótica, representar fantasías, construir escenas sexuales o desarrollar vínculos románticos con componentes sexuales. Algunas aplicaciones permiten personalizar la apariencia, la personalidad, la historia y las características de la persona sintética, mientras que otras incorporan imágenes, voz y diferentes niveles de interacción.
Durante 2023 aumentaron un 2.400% las búsquedas de “AI girlfriends” en Google Trends. Existen 220 millones de descargas de aplicaciones de compañías de IA, y algunas personas pasan más de 12 horas diarias conversando con su persona sintética.
La realidad virtual es una realidad en sí misma
Es importante evitar suponer que, porque del otro lado hay una IA la experiencia necesariamente carece de valor o es “falsa”. El hecho de que una persona sintética no tenga una subjetividad humana no significa que las emociones, fantasías o sensaciones de quien interactúa con ella sean imaginarias o irreales. La excitación, el deseo, la autoestimulación puede ser real, incluso puede existir atracción o enamoramiento. Lo que no es equivalente es la posición de quienes participan del encuentro: la IA puede producir respuestas que parecen empáticas, deseantes o afectuosas, pero no experimenta esas emociones del mismo modo que una persona.
Esta diferencia es central porque buena parte de nuestra concepción de la sexualidad está construida sobre la reciprocidad, el deseo propio se encuentra con el deseo de otra persona. El consentimiento es una expresión de la voluntad de alguien que tiene intereses y límites propios, entonces el encuentro con una alteridad que puede decir que no constituye una parte fundamental de las relaciones sexuales humanas. En las interacciones con personas sintéticas, en cambio, la respuesta del sistema puede estar diseñada para resultar agradable, afirmativa y compatible con lo que la persona usuaria quiere.
El atractivo de alguien que siempre está disponible
Es fácil comprender por qué estas tecnologías resultan tan atractivas, una persona sintética puede estar disponible 24/7, no necesita ser seducida, no se encuentra cansada, no tiene inseguridades corporales, ni hay días que no tiene ganas, puede recordar nuestras preferencias, adaptarse a nuestro estilo de comunicación y acompañarnos sin que tengamos que atravesar buena parte de la incertidumbre inherente a los vínculos humanos.
La sexualidad humana nunca fue una actividad completamente controlable, el deseo fluctúa, el cuerpo cambia, las personas se cansan, se entusiasman, se arrepienten, ponen límites y desean cosas distintas, esa imprevisibilidad no es una falla o una patología, es una característica constitutiva del encuentro con otra persona.
Fantasías, identidades y exploración sexual
También hay experiencias en las que la interacción con personas sintéticas funciona como un espacio de exploración sexual y afectiva. La posibilidad de crear personajes y situaciones permite a algunas personas ensayar deseos, roles o identidades que todavía no se sienten preparadas para poner en juego con otra persona. Hay personas que utilizan estas herramientas para explorar prácticas BDSM, fantasías sexuales o distintas configuraciones relacionales.
Esta posibilidad puede resultar significativa cuando existe vergüenza, miedo al rechazo o dificultad para poner en palabras determinados deseos. En ese sentido, una persona sintética podría funcionar como un espacio intermedio entre la fantasía y la experimentación interpersonal.
Fantasear con algo no obliga a concretarlo y explorar una práctica en un entorno virtual no convierte automáticamente esa práctica en una indicación para la vida sexual presencial. La cuestión está en qué lugar ocupa esa experiencia dentro de la vida erótica de cada persona y si amplía posibilidades o termina restringiéndolas.
Cuando la intimidad se convierte en producto
Detrás de cada persona sintética existe una empresa, una plataforma y un modelo de negocios, entonces la intimidad queda incorporada a una lógica comercial. Muchas aplicaciones ofrecen determinadas funciones de manera gratuita, mientras reservan para las suscripciones pagas aquellas experiencias que profundizan el vínculo, incorporan imágenes, voz o contenido erótico. La conexión emocional no es solamente un efecto secundario de la tecnología: puede transformarse en una estrategia para retener usuarios y aumentar el consumo.
¿Qué pasa con el consentimiento cuando la otra persona no existe?
Una persona sintética puede responder “sí” a prácticamente cualquier fantasía permitida por el sistema, pero ese consentimiento no posee la misma naturaleza que el consentimiento interpersonal porque no proviene de una persona con autonomía propia. Esto no significa que una fantasía virtual sea equivalente a una conducta dañina ni que una persona que utiliza una IA para representar determinado escenario esté reproduciendo automáticamente esa conducta en la realidad. La posibilidad de explorar sexualidades, roles o fantasías sin exponer a otra persona a una práctica no deseada puede resultar valiosa, pero también existe la probabilidad de habituarse a una sexualidad en la que el deseo propio nunca necesita encontrarse con los límites y preferencias de alguien más.
El cuerpo sigue importando
Hay además una dimensión que ninguna simulación puede resolver completamente todavía: la experiencia corporal compartida. La sexualidad no está constituida únicamente por palabras, fantasías o imágenes, también involucra temperatura, respiración, contacto, olores, movimientos, silencios, miradas y una cantidad de información no verbal. Existen dimensiones de la interacción humana que dependen de estar corporalmente presentes y de interpretar contradicciones entre lo que alguien dice y lo que expresa mediante su cuerpo.
Esto no significa establecer una jerarquía simple donde el sexo presencial sea “superior” y el virtual “inferior”, implica reconocer que son experiencias diferentes y que cada una pone en juego posibilidades, límites y formas de intimidad particulares.
La verdadera discusión no es robots vs. humanos
Pensar el sexo con personas sintéticas como una batalla entre “sexo real” y “sexo artificial” resulta demasiado simplista, hay personas que pueden encontrar en estas tecnologías una forma de juego, exploración, compañía o descubrimiento de aspectos de su sexualidad. También hay quienes pueden desarrollar un nivel de dependencia que reduzca el espacio destinado a otros vínculos o que vuelva cada vez menos tolerable la incertidumbre propia de las relaciones humanas. Se advierte sobre la posibilidad de que estos sistemas terminen ofreciendo una versión cada vez más frictionless (sin fricción) de la intimidad, porque eliminan muchas de las dificultades que forman parte de las relaciones entre personas.
Una IA puede enseñarnos a nombrar una fantasía, acompañarnos mientras exploramos un deseo o incluso permitirnos experimentar una situación que todavía no estamos preparadas para vivir con otra persona, pero también puede reforzar la idea de que una buena pareja es aquella que siempre está disponible, que siempre comprende, que nunca contradice y existe para satisfacer nuestras necesidades.
La pregunta no es si algún día vamos a tener sexo con máquinas, porque eso ya está pasando. El tema es qué vamos a considerar deseable cuando una tecnología consiga ofrecernos exactamente aquello que durante siglos le pedimos al sexo: excitación constante, exposición sin rechazo, intimidad sin conflicto, disponibilidad sin negociación y placer sin negativas, porque el deseo, cuando involucra a otra persona humana, siempre supone una alteridad que no podemos programar.
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Los titulares se desprenden de las consultas que propone la audiencia en @lic.noeliabenedetto
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