La Sexión: “No puedo perdonar una infidelidad de mi pareja, pero yo tampoco le he sido fiel”
La Lic. Noelia Benedetto abre debate sobre un secreto a voces que involucra egos, contradicciones y organización vincular.

Una de las frases que se escucha a menudo en la consulta es: “No puedo perdonar una infidelidad de mi pareja, pero yo tampoco le he sido fiel”. ¿Por qué resulta tan difícil perdonar al otro lo que a veces nos permitimos a nosotros mismos?
Fidelidad: ¿qué significa realmente?
Aunque la fidelidad suele definirse como “exclusividad sexual y afectiva con una sola persona”, en la práctica sus contornos son más difusos. Para algunos vínculos, mandar mensajes eróticos a otra persona es infidelidad. Para otros, solo lo es mantener relaciones sexuales con alguien fuera de la relación. Hay quienes incluyen en la categoría las fantasías, la pornografía o los vínculos emocionales profundos con otras personas.
La primera dificultad es que no existe una definición universal de infidelidad: cada pareja (y cada cultura) negocia qué entiende por fidelidad. Sin embargo, la sociedad patriarcal ha impuesto durante siglos un modelo rígido: heterosexual, monógamo, exclusivo y para toda la vida.
En ese marco, la fidelidad aparece como un valor moral absoluto, incluso más allá del placer, el deseo o el bienestar subjetivo. “Ser fiel” se vuelve una prueba de amor, un deber, una garantía de compromiso. Lo contradictorio es que esa idealización convive con tasas elevadas de infidelidad: distintos estudios señalan que entre un 30% y un 50% de las personas en pareja han tenido alguna experiencia extradiádica.
¿Entonces? La brecha entre lo que decimos valorar y lo que efectivamente hacemos es abismal. Y ahí aparece la culpa, el secreto, la traición, la imposibilidad del perdón.
El doble estándar: cuando “mi” infidelidad no vale lo mismo que “la suya”
Es un fenómeno muy común: considerar que mi infidelidad no tiene el mismo peso que la de la otra persona. Es decir, justificar mis actos pero condenar los ajenos.
Esto puede manifestarse de varias formas:
- “Yo lo hice porque nuestra relación estaba mal, pero si mi pareja lo hace, significa que no me ama”.
- “Fue solo sexo, en cambio lo de él/ella fue algo sentimental”.
- “Yo tuve un desliz, pero lo suyo fue planificado”.
Tendemos a minimizar nuestras conductas que generan disonancia cognitiva y a magnificar las del otro porque rompen la imagen idealizada que teníamos de la relación.
También hay que señalar que los mandatos culturales pesan distinto. Históricamente, a los socializados varones se les “perdonaba” la infidelidad bajo la idea de que “los hombres son así”, mientras que a las socializadas mujeres se les exigía pureza, sacrificio y exclusividad. Hoy esos esquemas conviven con nuevas narrativas que intentan cuestionarlos, pero el doble estándar sigue vigente: se juzga con más severidad la infidelidad femenina y se naturaliza o justifica la masculina. Los varones muchas veces viven sus infidelidades como prueba de virilidad, aunque luego se muestran incapaces de tolerar que su pareja haya hecho lo mismo.
En cualquier caso, lo central es reconocer la incoherencia: ¿por qué no puedo perdonar en otra persona lo que también he hecho?
Infidelidad como síntoma, no como causa
Muchas veces la infidelidad no es la causa del conflicto, sino la consecuencia de otros factores previos: falta de comunicación, deseo erótico estancado, mandatos opresivos, rutinas que asfixian, miedo al abandono o simplemente la imposibilidad de sostener la monogamia como único modelo.
Esto no significa que la infidelidad sea “justificable”, sino que rara vez aparece en un vacío. La pregunta no debería ser solo “¿cómo pudo hacerlo?”, sino también “¿qué pasaba en la relación para que esto sucediera?”.
Cuando una persona dice que no puede perdonar la infidelidad de su pareja, aun habiendo sido infiel, probablemente está colocando en la otra persona la carga de problemas que son vinculares, es un modo de evitar el propio espejo.
¿Perdonar o no perdonar? El dilema emocional
El perdón en las relaciones no es un deber moral, sino una decisión subjetiva. Muchas personas se preguntan: ¿perdonaría una infidelidad? La respuesta es: depende. Depende de si existe un deseo real de continuar, de si se pueden establecer acuerdos nuevos, de si se puede elaborar el perdón sin resentimiento.
El problema aparece cuando una persona exige un estándar imposible: “quiero que me perdones, pero yo no puedo perdonar”. Eso coloca al vínculo en una asimetría, porque otorga a uno de los miembros una superioridad moral que hiere a la otra persona.
Si ambas han sido infieles, el dilema se vuelve aún más evidente: ¿vamos a castigarnos mutuamente o vamos a repensar qué significa para nosotros la fidelidad?
El perdón no implica olvidar ni minimizar, sino decidir si el vínculo puede transformarse después de la crisis. A veces sí, a veces no. Lo fundamental es que sea una elección consciente, no una imposición cultural.
Alternativas a la fidelidad monógama estricta
El hecho de que tantas personas digan no poder sostener la fidelidad y, al mismo tiempo, sufran intensamente cuando ocurre una infidelidad, muestra la fragilidad del contrato monógamo. La monogamia no es la única forma posible de organizar los vínculos. Existen múltiples modelos: relaciones abiertas, poliamor, swinging, etc.
Lo crucial es que estas modalidades se basan en el consentimiento, la comunicación y la honestidad. A diferencia de la infidelidad, que suele ser secreta y cargada de engaño, las no monogamias buscan transparentar los deseos y acordar los límites.
No todas las personas desean o pueden transitar estas formas, pero saber que existen ayuda a relativizar la idea de que la única alternativa al sufrimiento por infidelidad es “aguantar” o “cortar”.
La dimensión emocional: vergüenza, culpa y narcisismo
Cuando alguien dice “no puedo perdonar a mi pareja, aunque yo también fui infiel”, lo que suele estar en juego es el narcisismo herido. Es decir: puedo tolerar mis faltas, pero no que alguien me confronte con que también soy vulnerable a la traición.
El dolor por una infidelidad muchas veces no se origina en el acto en sí, sino en lo que toca en nuestra autoestima: “no fui suficiente”, “me cambiaron por otra persona”, “me humillaron”. Esa vivencia es comprensible, pero también puede trabajarse para que no se convierta en castigo permanente hacia el otro.
La culpa, por otro lado, opera como un círculo vicioso. Me culpo por haber sido infiel, pero a la vez me justifico para no sentirme tan mal. Y cuando la otra persona es infiel, proyecto toda mi rabia ahí, porque es más fácil señalar al otro que revisarme.
Cuando el espejo nos incomoda
La frase “no puedo perdonar una infidelidad de mi pareja, pero yo tampoco le he sido fiel” nos muestra que lo que más nos duele no es el acto en sí, sino el espejo que nos devuelve: la evidencia de que somos contradictorios, de que no encajamos en el ideal monógamo que nos vendieron, de que amar y desear no siempre coinciden.
Perdonar o no perdonar es una decisión personal. El desafío no está en ser perfectos, sino en construir vínculos más conscientes, donde el deseo no sea un enemigo. Porque, en definitiva, la fidelidad no debería ser una cárcel, sino un acuerdo. Y todo acuerdo puede ser revisado, transformado o incluso reinventado.
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Los titulares se desprenden de las consultas que propone la audiencia en @lic.noeliabenedetto. Este espacio informativo no suplanta a una consulta con un/a profesional de la salud.
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