La Sexión: #NiUnaMenos Cada 31 horas un varón se convierte en femicida

La Lic. Noelia Benedetto nos aporta claves para pensar, en un nuevo aniversario de Ni Una Menos, cómo opera la violencia machista. ¿Qué permite que cada 31 horas un varón se convierta en f3micida?

El 3 de junio de 2015 miles de personas salieron a las calles en Argentina bajo una consigna que se transformó en símbolo regional: Ni Una Menos. La movilización surgió tras el femicidio de Chiara Páez, una adolescente de 14 años asesinada por su novio en Santa Fe, y marcó un antes y un después en la manera de visibilizar la violencia machista.

A 11 años de la primera movilización, Argentina sigue contando mujeres asesinadas: 3144 desde aquel entonces y 105 en lo que va del 2026. Cambian los gobiernos, los discursos, las redes sociales y hasta las formas de nombrar la violencia. Pero hay algo que permanece brutalmente estable: cada 31 horas, un varón se convierte en femicida. No es una metáfora. No es una exageración. No es una “sensación”. Son datos. Según relevamientos recientes del observatorio ‘Ahora que sí nos ven’, durante los primeros meses de 2026 se registró en Argentina un femicidio cada 31 horas.

El problema no es un monstruo: es la normalidad

Una de las grandes trampas culturales alrededor de los femicidios es imaginar al agresor como un monstruo aislado, un psicópata imposible de detectar, un hombre violento que aparece de la nada. Pero la realidad es que la mayoría de los femicidas son hombres comunes, socialmente integrados, muchas veces queridos por su entorno. Son ex parejas, parejas actuales, padres, abuelos, compañeros de trabajo, vecinos, hombres “macanudos”, que “parecían tranquilos”, que “jamás hubieran imaginado”.

El femicida no nace: se construye

Hay algo importante para entender: ningún hombre se despierta un día convertido mágicamente en femicida. Hay una construcción social de la masculinidad hegemónica que sigue asociando poder, control y dominio con ser varón. El femicidio es el último eslabón de una cadena de violencias que la sociedad minimiza todos los días.

Muchos varones crecieron aprendiendo que:

  • el rechazo es humillación.
  • llorar es debilidad.
  • perder el control es “pasión”.
  • insistir hasta convencer es seducción.
  • una mujer que se va “te arruina la vida”.

Por supuesto que no todos los varones son violentos. Pero todos fueron socializados en una cultura que todavía tolera y hasta festeja demasiadas formas de violencia de género. Y ahí está el desafío real: pensar masculinidades que no necesiten controlar, poseer ni destruir.

“Pero hay mujeres violentas también”

Sí, existen mujeres violentas. Pero no vivimos una epidemia de mujeres asesinando varones por razones de género. No hay hombres aprendiendo desde chicos cómo volver seguros a casa. No existen estadísticas de varones asesinados sistemáticamente por sus parejas por el hecho de ser varones.

El femicidio no es solamente un homicidio donde la víctima es mujer. Es una violencia sostenida sobre una desigualdad estructural. Por eso hablar de femicidio no es “discriminar hombres”. Es nombrar una realidad específica. El término femicidio refiere al asesinato de una mujer por razones de género. En Argentina, la figura fue incorporada al Código Penal en 2012 como agravante del homicidio. No se trata simplemente del asesinato de una mujer. El concepto implica que el crimen ocurre en un contexto de desigualdad, dominación, control o violencia machista ejercida por varones.

Los datos muestran que la enorme mayoría de los femicidios son cometidos por varones del círculo íntimo de las víctimas. Y que muchísimas veces hubo antecedentes, denuncias previas, restricciones perimetrales o pedidos de ayuda que no alcanzaron.

El desgaste social contra el feminismo

Después de la irrupción masiva de Ni Una Menos en 2015 hubo un cambio cultural enorme. Antes de 2015, muchos medios de comunicación hablaban de “crímenes pasionales” o “ataques de celos”. El movimiento feminista impulsó una revisión crítica de esas narrativas y promovió el uso del término femicidio para explicar que estos asesinatos no son hechos individuales sino fenómenos sociales y políticos.

Empezaron a discutirse cosas que antes parecían normales: el acoso callejero, la violencia psicológica, el consentimiento, los abusos dentro de los vínculos, la desigualdad en las tareas de cuidado. Pero también apareció una reacción.

En redes sociales crecieron discursos antifeministas que ridiculizan las denuncias, banalizan la violencia o directamente niegan la existencia de desigualdades de género. Se instaló la idea de que el feminismo “se pasó varios pueblos” o que las mujeres ahora “tienen privilegios”. Un informe del Observatorio de Género de los Ministerios Públicos muestra que las falsas denuncias representan el 0,09% de las 8,2 millones de causas analizadas entre 2023 y 2025, y que el problema en realidad es el subregistro: el 77% de las mujeres que sufrió violencia de género nunca denunció.

Mientras tanto, las cifras siguen acumulando nombres. Y ahí aparece una pregunta: ¿qué pasa en una sociedad cuando se desacredita constantemente a los movimientos que intentan prevenir la violencia? Diversas organizaciones feministas vienen alertando sobre el impacto de la desfinanciación de políticas públicas de género, el debilitamiento de programas de prevención y el avance de discursos negacionistas.

“Ni una menos” no es una consigna vieja

Cada tanto aparece alguien diciendo que “Ni Una Menos ya pasó de moda”. Como si las luchas sociales tuvieran fecha de vencimiento, como si reclamar que no maten mujeres fuera una tendencia viral de una época. Pero el 3 de junio sigue existiendo porque siguen existiendo los femicidios.

Y también porque todavía hay algo incómodo para muchos sectores: que las mujeres hablen, que nombren lo que les pasa, lo que les hacen, que cuestionen las formas de vincularse, que ya no naturalicen ciertas violencias. El feminismo no inventó la violencia machista ejercida contra las mujeres y disidencias, lo que hizo fue volverla visible.

El desafío de no naturalizar

El riesgo para muchas organizaciones no está solamente en la persistencia de los femicidios sino también en la naturalización social de las cifras. La repetición constante de casos puede generar acostumbramiento, indiferencia o cansancio social frente a la violencia machista. Sin embargo, detrás de cada estadística hay historias concretas, familias atravesadas por el dolor y proyectos de vida interrumpidos. Por eso, el 3 de junio continúa funcionando como una fecha de memoria, denuncia y visibilización. El reclamo sigue siendo el mismo que en 2015: que ninguna mujer tenga que vivir con miedo y que ninguna más sea asesinada por violencia de género.

No alcanza con indignarse un día

Cada 3 de junio las redes se llenan de placas violetas, hashtags y mensajes de indignación. Pero el problema no se resuelve solamente compartiendo una historia de Instagram, ni mucho menos pidiéndole a los varones que publiquen cosas.

  • Se necesitan políticas públicas sostenidas.
  • Educación Sexual Integral.
  • Acceso real a la justicia.
  • Capacitación judicial que informe pero que a la vez sensibilice, no cursos de Ley Micaela online de 2 hs. que se dejan reproduciendo de fondo para acreditar un certificado.
  • Recursos económicos para quienes necesitan irse de una situación violenta.

Y también conversaciones incómodas en la vida cotidiana. Porque la violencia de género no empieza con un femicidio, empieza mucho antes, cuando una sociedad sigue enseñando que algunas vidas valen menos, que algunos vínculos implican posesión y que el amor puede convivir con el miedo.

Y mientras eso siga pasando, el grito de “Ni Una Menos” seguirá siendo urgente.

Si sos víctima o conocés a alguien que sufra violencia de género llamá al 144 las 24 horas.

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Los titulares se desprenden de las consultas que propone la audiencia en @lic.noeliabenedetto

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