La Sexión: Gustavo Cordera, entre lo que incomoda, lo que interpela

La Lic. Noe Benedetto se mete de lleno en la polémica por la paulatina re aparición mediática de Gustavo Cordera tras la controversia de sus declaraciones de 2016.

El regreso mediático de Gustavo Cordera, ex líder de Bersuit Vergarabat, vuelve a poner en la escena pública una herida social abierta: la relación entre arte, poder, género y violencias.

Desde que en 2016 pronunciara frases que justificaban la violencia sexual y relativizaban el consentimiento en una charla con estudiantes de periodismo “Hay mujeres que necesitan ser violadas para tener sexo porque son histéricas y sienten culpa por no poder tener sexo libremente”. “Es una aberración de la ley que si una pendeja de 16 años […] quiera coger con vos, vos no te las puedas coger”. “A mí hablame de cómo te sentís y te entiendo, pero si me hablás de los derechos no te escucho porque no creo en las leyes de los hombres, sí en las de la naturaleza”.

Cordera pasó de ser una figura popular en la música argentina a convertirse en un personaje atravesado por la polémica, la condena social y judicial… ¿Qué hacemos con los artistas que ejercen violencias?

El caso Cordera: mucho más que un exabrupto

Lo que dijo Cordera no fue un simple error de selección de palabras. Sus frases condensaron siglos de un orden patriarcal que legitima la violencia sexual como mecanismo de dominación. Lo problemático no es solo lo que dijo, sino el dispositivo cultural que lo sostuvo: un varón cis, blanco, heterosexual, con poder simbólico y trayectoria artística, hablando desde un lugar de autoridad frente a jóvenes estudiantes.

El repudio fue masivo, y la justicia intervino. Cordera fue imputado por incitación a la violencia colectiva y atravesó un proceso judicial que lo obligó a pedir disculpas públicas. Pero más allá de las consecuencias legales, lo que generó fue un punto de inflexión social.

Agenciamiento: recuperar el poder sobre los propios cuerpos

Cuando hablamos de agenciamiento nos referimos a la capacidad de las personas para ejercer autonomía, tomar decisiones libres e informadas sobre su vida sexual y afectiva, y construir su propio placer sin coerción ni violencias.

El discurso de Cordera atentó directamente contra esa idea: invisibilizó el consentimiento, colocó a las mujeres en el lugar de objetos que “necesitan” ser violentados, y reeditó la narrativa de que el deseo femenino es pasivo, subordinado o incomprensible sin la acción violenta de un otro. Y en su reaparición puso el foco en su proceso, que vivió según él como una “persecución organizada”,

Frente a eso, la respuesta no puede ser solo punitiva, sino también pedagógica: se trata de reafirmar que el consentimiento es central y la edad no es un tema a relativizar, que el deseo no se impone y que el placer no surge de la violencia, sino de la libertad compartida.

Erotismo sí, violencia no

Cordera, como otros varones de la industria musical, encarnó durante décadas una narrativa del rock donde lo sexual estaba asociado a lo excesivo, lo transgresor y, muchas veces, a la cosificación de las mujeres. Esa estética fue legitimada como parte del “genio creativo” masculino.

El desafío actual es separar lo erótico de lo violento: defender la libertad sexual, el derecho al goce y a la expresión artística, pero cuestionar cuando esas expresiones refuerzan la idea de que el deseo femenino solo existe bajo coerción.

El poder cultural de los ídolos

El caso Cordera también invita a revisar el rol de los artistas en la producción cultural de sentido. No se trata de exigirles perfección moral, sino de reconocer que, por su alcance, tienen una responsabilidad mayor. Sus palabras moldean imaginarios, legitiman conductas y llegan a millones de personas.

El rock argentino se construyó en torno a figuras masculinas que encarnaban la irreverencia. Pero esa irreverencia rara vez se dirigió contra el patriarcado; más bien, lo reprodujo. La crítica feminista de las últimas décadas vino a señalar esa contradicción: no es de rebelde repetir las violencias de siempre.

No se trata solamente de pedir perdón para reposicionarse a sí mismo, sino de hablar desde la reparación, cuestionarse los daños que las declaraciones y las posiciones asociadas han causado.

Lo que escuchamos, lo que bailamos, lo que sostenemos

El consumo cultural tampoco es neutral. Cuando decidimos ir a un recital, poner un video en Youtube o reproducir un tema en Spotify, sostenemos y financiamos ciertas narrativas.

¿Podemos separar la obra del artista? La pregunta no tiene una única respuesta. Lo que sí es claro es que, en el caso de Cordera, la obra y el discurso están profundamente imbricados: sus canciones, sus entrevistas, su personaje público fueron parte del mismo relato.

Uno de los dilemas que aparecen cuando figuras como Cordera intentan volver a la escena es el debate sobre la “cancelación”. Hay quienes sostienen que un artista no debería ser censurado por sus opiniones, y otros que entienden que darle visibilidad es convalidar discursos dañinos.

El desafío social no es cancelar para siempre, sino pensar qué prácticas habilitamos y cuáles cuestionamos, cómo generamos procesos de responsabilidad y reparación, y cómo construimos una cultura en la que la expresión artística no sea excusa para la reproducción de violencias.

Educación sexual y responsabilidad social

Las frases de Gustavo no surgieron en el vacío: se sostienen en una cultura que todavía educa a varones para ejercer poder sobre los cuerpos de las mujeres y disidencias, y que sigue relegando a segundo plano el derecho a decidir y a disfrutar libremente.

El caso Cordera nos recuerda que no hay libertad sexual sin consentimiento. Que erotizar la violencia es una operación ideológica, no un destino biológico. Y que el verdadero agenciamiento pasa por la posibilidad de cada persona de decir que sí o que no, de explorar sus fantasías sin ser forzada, y de construir vínculos eróticos desde la igualdad.

La Educación Sexual Integral es necesaria para poder conformar una sociedad donde nadie puede legitimar públicamente la violencia sin ser interpelado, y donde el deseo es pensado en clave de derechos y no de imposición.

El tiempo no para

La salida no es el silencio ni la censura, sino la discusión crítica, la educación sexual y la construcción colectiva de una cultura donde el agenciamiento sea real y el placer no esté ligado a la violencia.

Cordera pasará; lo que queda es el desafío de seguir preguntándonos qué sexualidades queremos habitar y qué relatos vamos a sostener con nuestras voces, cuerpos y elecciones cotidianas.

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Los titulares se desprenden de las consultas que propone la audiencia en @lic.noeliabenedetto. Este espacio informativo no suplanta a una consulta con un/a profesional de la salud.

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