La Sexión: Fiestas dentro del clóset

La Lic. Noe Benedetto se corre de los silencios y apuesta al diálogo a partir de una consulta en la cajita de preguntas:“Quiero llevar a mi novia para las fiestas, pero en mi familia piensan que somos amigas”. ¿Cómo actuamos frente a este escenario?

Las fiestas actúan como un amplificador emocional: reúnen, exponen, fuerzan definiciones. Porque no se trata solo de una cena. Se trata de quién puede sentarse a la mesa como pareja y quién tiene que camuflar su vínculo para no incomodar. Para muchas personas homosexuales, bisexuales, pansexuales o que mantienen vínculos sexoafectivos con personas del mismo género, las fiestas familiares siguen siendo un escenario de negociación silenciosa. ¿Decir o no decir? ¿Presentar o no presentar? ¿Soportar comentarios o evitar el conflicto?

La heterosexualidad como suposición automática

En muchas familias, la heterosexualidad no se impone de manera explícita sino a modo más sutil y persistente: la presunción. Se asume que si una hija llega con otra mujer es una amiga. Se habla de “compañera”, “la amiga del trabajo”. No se pregunta. No se habilita. Y, sobre todo, no se nombra.

Este fenómeno tiene nombre: invisibilización. No es lo mismo que un rechazo abierto, pero no por eso duele menos. Invisibilizar es negar la existencia simbólica de un vínculo. Es permitir la presencia siempre y cuando no moleste, no se note, no se diga, no incomode. Es una forma de control afectivo que suele presentarse bajo frases aparentemente cuidadosas: “no hace falta decir todo”, “¿para qué exponerse?”, “sabemos cómo son los tíos”, “no queremos problemas en las fiestas”.

La heterosexualidad funciona como norma social, no como opción entre otras. Por eso no necesita anunciarse: se da por sentada. Las parejas heterosexuales no tienen que aclarar quiénes son. Nadie duda. Nadie pregunta si son amigos. Nadie pide discreción. Nadie piensa que puede llegar a incomodar. En cambio, los vínculos disidentes suelen tener que pasar por una especie de aduana emocional antes de ser reconocidos.

El costo psíquico de fingir

“Podemos decir que somos amigas”. “No demos explicaciones”. “Total, es solo una noche”. Estas estrategias, que muchas parejas adoptan para sobrevivir a contextos hostiles, tienen un costo. No siempre inmediato, pero sí acumulativo.

Fragmentar la identidad (ser una persona en la vida cotidiana y otra frente a la familia) puede generar desgaste emocional. Implica estar en alerta permanente: cuidar gestos, palabras, miradas, contacto físico, medir cuánto se habla, cómo se habla, qué se muestra y qué se esconde. Implica, muchas veces, volver al clóset de manera forzada.

Este “volver” no es sin costos. Puede reactivar vergüenza, culpa, miedo al rechazo, sensación de no ser suficiente o de estar haciendo algo mal. No porque haya algo objetivamente incorrecto en querer a otra mujer, sino porque el mensaje implícito es claro: este amor no es presentable.

En pareja, además, estas decisiones no siempre se viven de la misma manera. Puede haber quien esté más acostumbrada a ocultarse y quien no esté dispuesta a hacerlo. Quien priorice el vínculo familiar y quien sienta que eso implica traicionarse. Las fiestas, entonces, no solo ponen en juego la relación con la familia de origen, sino también los acuerdos, límites y cuidados dentro de la pareja.

¿Por qué cuesta tanto decir “es mi novia”?

Nombrar tiene poder. Decir “es mi novia” no es solo una descripción: es un acto político y afectivo. Implica ocupar un lugar que históricamente fue negado. Implica desafiar expectativas. Implica, muchas veces, transitar incomodidades ajenas.

El miedo a nombrar no surge de la nada. Muchas personas crecieron escuchando chistes, comentarios despectivos, silencios incómodos o advertencias más o menos explícitas sobre lo que no se esperaba de ellas. Aunque la familia no haya dicho nunca “no lo aceptamos”, el clima emocional suele hablar por sí solo.

También hay un mandato muy fuerte (especialmente hacia las mujeres) de cuidar el bienestar emocional de los demás. No incomodar. No generar conflictos. No arruinar las fiestas. En ese mandato, el malestar propio suele quedar relegado. Como si el precio de la armonía familiar fuera la autoanulación.

No es la orientación sexual la que genera el conflicto, sino la rigidez del entorno para alojar la diversidad. El problema no es llevar a la novia, sino una familia que solo sabe pensar el amor en clave heterosexual.

La familia, el amor y la fantasía de la normalidad

Las fiestas suelen estar cargadas de una fantasía de normalidad: la mesa larga, las parejas “oficiales”, las preguntas sobre el futuro, los comentarios sobre casamientos, hijos, proyectos. Todo eso construye un guion implícito de lo que se considera una vida valiosa.

Aceptar a una pareja del mismo género no es solo “tolerarla” en la mesa. Es estar dispuesto a revisar creencias, prejuicios, chistes naturalizados, silencios cómplices. Y eso, para algunas familias, resulta profundamente desestabilizador.

¿Qué hacer frente a esta situación?

No hay una forma universal de transitar estas escenas. Cada persona y cada pareja evalúa riesgos, deseos y posibilidades. Sin embargo, hay algunas preguntas que pueden ayudar a ordenar la experiencia:

  • Desde dónde tomo esta decisión: ¿desde el miedo o desde el deseo?
  • ¿Qué y a quién estoy cuidando y a costa de qué?
  • ¿Qué necesita mi pareja en esta situación y qué necesito yo?

A veces, decir “somos amigas” es una estrategia de supervivencia en contextos realmente hostiles. Pero es importante no romantizarlo ni minimizar su impacto. No es simplemente una elección cómoda.

Cuando es posible, abrir conversaciones previas con la familia puede ser un paso. No necesariamente para convencer, sino para marcar un límite: esta es mi pareja, así se llama, así se presenta. La reacción del entorno no siempre será la ideal, pero muchas veces el miedo anticipado es mayor que la realidad.

Y cuando no es posible, cuando el contexto es francamente violento o expulsivo, también es válido elegir otros planes, otras mesas, otras celebraciones. Armar familia no siempre coincide con la biología. El árbol genealógico también se poda. Muchas veces se construye con amistades, con parejas, con redes elegidas que sí saben nombrar el amor.

El derecho a existir sin mascaradas

Nadie debería tener que camuflar su vínculo para ser aceptada. Nadie debería tener que disfrazar el amor de pareja a una amistad para evitar tensiones. El conflicto no lo genera quien nombra su amor. Las fiestas pueden ser una oportunidad (pero no una obligación) para correrse un poco del silencio, para habilitar conversaciones incómodas pero necesarias. Porque no se trata solo de llevar o no llevar a la novia. Se trata del derecho a ser reconocidas, a amar sin esconderse y a sentarse a la mesa sin tener que fingir.

Y ese derecho no arruina ninguna fiesta. Lo que las arruina es seguir creyendo que el amor solo tiene una forma legítima de ser presentable.

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Los titulares se desprenden de las consultas que propone la audiencia en @lic.noeliabenedetto

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