La Sexión: Entre la “paja” que da activar un vínculo y el miedo a que “se te pase el tren”

La Lic. Noelia Benedetto se pregunta qué hay en la lógica de activación de vínculos, la pereza y la urgencia.

Por momentos parece que el deseo se volvió una tarea administrativa. Responder mensajes, sostener conversaciones interesantes, “ser una buena cita”, tener iniciativa pero no invadir, mostrarse disponible pero no demasiado, ser auténtica pero también atractiva, independiente pero demostrativa, expresiva pero no intensa, un equilibrio imposible.

¿De qué hablamos cuando hablamos de que “da paja”?

No es desinterés, no es vagancia. Es un cansancio subjetivo, una saturación emocional, una sensación de que vincularse (lejos de ser un espacio de placer, encuentro o descubrimiento) se volvió una exigencia más en una vida ya sobrecargada. Sumado al mandato del “tren” que sigue ahí: hay tiempos correctos (críticos) para amar, para emparejarse, para formar familia, para no “quedarse sola o solo”. Un mandato que, aunque muchas veces se critique, sigue operando.

La paja de vincularse

Si hay algo que aparece en conversaciones es el agotamiento emocional. Personas que dicen cosas tales como: “no tengo resto para conocer a alguien”, “me aburre empezar de cero”, “no quiero explicar quién soy otra vez”. En un contexto donde las apps prometen infinitas posibilidades, lo que muchas veces aparece es lo contrario: fatiga de las citas (dating fatigue). Lo que en teoría debería facilitar el encuentro, en la práctica puede transformarse en una lógica de consumo vincular. El problema no es solo tecnológico, también es cultural. Venimos de una matriz que idealiza el amor de pareja como destino, pero habitamos un presente que exige autonomía, productividad, autocuidado y crecimiento personal constante. Vincularse es una práctica que requiere tiempo, energía psíquica, disponibilidad emocional. Y eso, en una vida precarizada, muchas veces escasea.

La paja de activar no es pereza: es el resultado lógico de un sistema que nos enseñó que el deseo tiene que venir en formato libre de riesgo. El “me da paja” es un síntoma colectivo de la época. Habla de una subjetividad que está intentando defenderse de algo. ¿De qué? De la sobreexigencia, del desgaste, de la frustración acumulada, de experiencias vinculares que no siempre fueron satisfactorias, de exponerse, etc.

El fantasma del “tren” que se pasa

La idea de que “se te pase el tren” tiene una carga sociocultural fuerte, especialmente para las socializadas mujeres. Está ligada a la maternidad, a la edad, a la valoración social de estar en pareja. Aunque hoy existan más formas de vida posibles, ese imaginario no desapareció. Ya no siempre aparece como una voz externa, muchas veces es una voz internalizada que pregunta: “¿y si después es tarde?”, “¿y si me arrepiento?”, “¿y si me quedo sola?”.

No se trata de negar el deseo de vincularse, sino de distinguir cuánto de ese deseo es propio y cuánto responde a expectativas sociales. Además, la idea del “tren” supone que hay un único recorrido válido, un momento preciso, una oportunidad que no vuelve, una sola posibilidad de transporte. Pero la experiencia humana es mucho más compleja que esa metáfora lineal.

Entre el deseo y el mandato

Lo interesante (y lo incómodo) es que muchas veces coexisten ambas cosas: el cansancio y el deseo, la paja y la curiosidad, el rechazo y las ganas de contacto. No es una contradicción a resolver, sino una tensión a habitar. Entonces se arma un círculo: no tengo ganas de vincularme, no me vinculo, no aparece el deseo, confirmo que no tengo ganas. Romper ese circuito implica revisar desde dónde nos estamos vinculando o no.

Ni resignarse ni forzarse: construir otras formas de vincularse

Salir de la dicotomía “me da paja/se me pasa el tren” implica habilitar otras preguntas.

Por ejemplo:

  • ¿Quiero algún tipo de vínculo o siento que debería querer?
  • ¿Qué tipo de vínculo quiero?
  • ¿Qué estoy dispuesta/o a compartir y qué no?
  • ¿Desde dónde me estoy acercando a la otra persona: desde la carencia, la presión, la curiosidad, el deseo?

También implica revisar las condiciones materiales de existencia, porque no es lo mismo intentar vincularse teniendo tiempo, estabilidad y redes de apoyo, que hacerlo en un contexto de estrés e incertidumbre constante.

El derecho a no vincularse (y a cambiar de idea)

En un contexto que todavía valora fuertemente la vida en pareja, decir “no quiero vincularme ahora” puede ser una decisión válida. No todo momento vital es propicio para construir un vínculo. Pero también es importante no convertir esa decisión en una identidad rígida. Las personas cambiamos, los deseos se transforman, las condiciones varían. Poder moverse entre momentos de apertura y de cierre, sin culpa ni autoexigencia, es parte de una vida vincular más viable.

Cerrar sin cerrar

Quizás la pregunta no sea si hay que “activar” o dejar pasar. Sino cómo queremos habitar nuestros vínculos en una época que nos cansa, nos exige y nos fragmenta. Entre la paja y el miedo a que se nos pase el tren, hay un territorio intermedio, y tal vez, en ese espacio, vincularse deje de ser una carga o una carrera contra el tiempo, para volver a ser (aunque sea de a ratitos) una experiencia que valga la pena transitar.

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Los titulares se desprenden de las consultas que propone la audiencia en @lic.noeliabenedetto

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