La Sexión: Embargo Sexual
La Lic. Noelia Benedetto retoma el concepto de "embargo sexual" como alternativa terapéutica para esquivar a los guiones habituales de expectativa y procesos evitativos.

Por estos días el Gottman Institute difundió el concepto de “Embargo sexual” acuñado por la terapeuta Jordan Rullo y no tardó en empezar a viralizarse porque suena un tanto a castigo, a retiro, a falta. En una cultura que insiste en que el sexo es un indicador de salud vincular, con toda esta difusión negativa de la recesión sexual, proponer dejar de tenerlo parece ir en contra de todo lo que aprendimos. ¿Cómo podría un vínculo mejorar su intimidad suspendiendo aquello que, en teoría, la sostiene? Un estudio del American Journal of Family Therapy del 2025 identificó las 7 amenazas a la longevidad matrimonial y ninguna de ellas fue la falta de sexo compartido.
Cuando el sexo desaparece
Cuando una pareja consulta por “falta de sexo”, rara vez está hablando únicamente de frecuencia o prácticas. Lo que aparece, más bien, es una sensación de distancia: menos contacto, menos ternura, menos registro, menos conexión. Una especie de convivencia donde el vínculo erótico se fue diluyendo sin que nadie pueda señalar exactamente cuándo.
Este proceso suele construirse en pequeñas escenas cotidianas. Intentos de acercamiento que no prosperan, rechazos que no se elaboran, silencios que se acumulan. Con el tiempo, lo que se instala es una dinámica evitativa: una persona deja de intentar para no sentirse rechazada, la otra evita el contacto para no sentirse exigida. El resultado no es solo la ausencia de sexo, también la pérdida del cuerpo como lugar de encuentro.
El embargo sexual
En ese contexto, el embargo sexual propone algo contraintuitivo: acordar, de manera explícita, que durante un tiempo no va a haber sexo. No como consecuencia de un problema, sino como decisión “terapéutica”.
La clave no está en “dejar de hacer algo”, sino en lo que esa decisión desactiva. Muchas parejas quedan atrapadas en una asociación rígida entre contacto físico y demanda sexual. Un abrazo puede leerse como inicio, un beso como expectativa, una caricia como presión. Y cuando cada acercamiento parece tener que conducir a algo más,la dinámica se convierte en la del gato y el ratón.
El embargo puede llegar a cortar esa cadena. Una vez sentado este acuerdo, será más sencillo retomar aquellas dinámicas eróticas que solían disfrutar. Permite que el contacto vuelva a ser contacto, sin objetivo. Y en ese gesto, aparentemente simple, podría empezar a bajar la ansiedad: ya no hay que anticipar, evitar o sostener una expectativa constante.
Desarmar el guión
Uno de los efectos más interesantes del embargo sexual es que corre el eje del rendimiento. Cuando el sexo deja de ser una meta inmediata, se abre la posibilidad de explorar otros modos de intimidad. Aparecen gestos que muchas veces habían quedado relegados: abrazos sin urgencia, caricias sin dirección, tiempos compartidos sin presión. No como antesala de algo, sino como experiencia en sí misma.
En ese movimiento, también se vuelve más visible algo que suele quedar oculto: muchas dificultades sexuales no tienen que ver con la falta de deseo, sino con la rigidez del guión. Una sexualidad repetida, poco flexible, donde el encuentro queda subordinado a una secuencia esperada. El embargo no resuelve eso por sí solo, pero puede crear las condiciones para empezar a cuestionarlo.
La pausa sin sentido
Sin embargo, no alcanza con detener el sexo. Si el “embargo” se convierte en una movida aislada, sin espacio para la conversación, es probable que la dinámica de fondo no cambie.
La falta de intimidad suele estar sostenida por múltiples factores: conflictos no elaborados, resentimientos, cansancio, desigualdades en la vida cotidiana, experiencias sexuales poco satisfactorias. Si eso no se nombra, si no se elabora, la pausa puede transformarse en un paréntesis que luego se cierra sin modificaciones reales. Por eso, más que una solución, el embargo sexual funciona como una puerta de entrada. Un modo de frenar lo suficiente como para poder mirar.
Deseo y no mandato
Otro de los puntos que esta estrategia permite revisar es la idea de deseo. Existe una creencia muy extendida de que el deseo debería ser espontáneo, constante, siempre disponible. Cuando eso no ocurre, se interpreta como una falla. Sin embargo, en los vínculos de largo plazo, el deseo muchas veces es responsivo: aparece a partir del encuentro, no antes. Pero para que eso suceda, tienen que existir ciertas condiciones; seguridad, confianza, posibilidad de acercarse sin presión. El embargo sexual puede contribuir a construir ese contexto. No porque “genere deseo” directamente, sino porque reduce aquello que lo inhibe.
Tres pasos para reconstruir la intimidad: del desgaste a la colaboración
Dentro de este enfoque, el embargo sexual es una parte de una secuencia más amplia para salir de la “dinámica de evitación” y construir una lógica de colaboración.
El primer movimiento no tiene que ver con el sexo sino con la conexión emocional cotidiana. Pequeños gestos, conversaciones, registros del otro, lo que en este enfoque se nombra como “hacer depósitos en la cuenta bancaria emocional”. Es decir, reconstruir un clima vincular donde haya disponibilidad, interés y presencia.
Recién ahí aparece el segundo paso: el embargo sexual. Al suspender explícitamente el sexo, se reduce la ansiedad, se desactiva el miedo a que todo contacto tenga una expectativa implícita y se habilita recuperar el afecto físico no sexual: abrazos, caricias, cercanía corporal sin objetivo.
El tercer momento es la reintroducción de la conexión sexual, pero desde otro lugar. No desde la presión ni la inercia, sino desde una intimidad que fue reconstruyéndose. Muchas veces de forma más lenta, más exploratoria, incluso más incómoda al principio. Pero también más honesta. Propone algo menos espectacular, pero más profundo: volver a encontrarse.
Una pausa disruptiva
El embargo sexual tiene algo de gesto disruptivo. No porque proponga dejar de tener sexo, sino porque invita a correrse de la lógica de la obligación: a frenar la exigencia de que algo “tiene que pasar”, a desarmar la idea de que el deseo viene espontáneamente y a revisar qué entendemos por intimidad.
En un contexto donde abundan las soluciones rápidas, esta propuesta no promete resultados inmediatos. Propone, en cambio, abrir un espacio para dejar que aparezca una pregunta distinta. No tanto cómo volver a tener sexo, sino qué tipo de encuentro es posible, y deseable para quienes están ahí.
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Los titulares se desprenden de las consultas que propone la audiencia en @lic.noeliabenedetto
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