La Sexión: ¿El consumo diario de porno afecta negativamente el deseo sexual de los varones?

La Lic. Noelia Benedetto aclara algunas cuestiones sobre la hipótesis respecto a posibles consecuencias negativas del consumo diario de pornografía sobre el deseo sexual de los socializados varones.

La relación entre pornografía, autoestimulación y deseo es bastante más compleja de lo que sugieren los discursos que convierten a la pantalla en la explicación de todos los problemas sexuales.

Cada vez más escucho frases como “Miro porno todos los días y ya no tengo ganas de tener sexo”, “Creo que me hice adicto”, seguida muchas veces por una lista de síntomas que supuestamente demostrarían que el cerebro fue “secuestrado” por la pornografía: necesitar cada vez más estímulos, preferir la autoestimulación al sexo compartido, buscar contenidos cada vez más específicos o tener dificultades para excitarse en determinados encuentros.

La explicación parece cerrar perfectamente. Afirman que el porno genera una enorme descarga de dopamina, el cerebro se acostumbra a esa sobreestimulación, necesita cada vez más novedad y termina perdiendo interés por el sexo “real”. Es una narrativa muy atractiva porque ofrece una causa sencilla para un fenómeno complejo. El argumento parece sencillo pero no lo es, la investigación científica no permite sostener esa cadena causal de manera tan contundente.

El problema empieza cuando frecuencia y patología se vuelven sinónimos

Consumir porno todos los días no es, en sí mismo, una patología. Tampoco permite determinar que una persona tenga un problema. La frecuencia de una conducta sexual no establece por sí sola si esa conducta es saludable, problemática o compulsiva. Para saberlo hay que observar el contexto, el grado de control, las consecuencias y el significado que tiene para quien la realiza.

Esta distinción resulta central porque una gran parte del discurso contemporáneo sobre pornografía funciona con una lógica bastante rudimentaria: si un varón mira porno diariamente, autoestimulándose con frecuencia, la explicación sería que “tiene una adicción”. Pero una conducta sexual frecuente no se transforma automáticamente en una conducta sexual compulsiva por repetirse todos los días. Del mismo modo que una persona que tiene sexo frecuentemente no tiene necesariamente hipersexualidad.

La propia clasificación de la Organización Mundial de la Salud no reconoce una categoría denominada “adicción a la pornografía”. La CIE-11 contempla el trastorno de comportamiento sexual compulsivo, entendido como un patrón persistente de incapacidad para controlar conductas sexuales repetitivas que genera deterioro significativo o consecuencias negativas importantes. El foco está puesto en la pérdida de control y el impacto de la conducta, no en alcanzar determinada cantidad de horas de pornografía por semana.

La diferencia importa porque permite abandonar una pregunta que muchas veces no aporta demasiado: “¿cuánto porno es demasiado?” y reemplazarla por otra: “¿qué está pasando con esta persona y qué función cumple la pornografía en su sexualidad?”

No todo lo que se presenta como “adicción al porno” es una adicción

El término “adicción al porno” se instaló con una fuerza enorme. Aparece en discursos de divulgación, aplicaciones que prometen “resetear el cerebro”, comunidades de abstinencia y contenido que presenta el consumo pornográfico como una especie de droga digital.

Desde una perspectiva crítica, ese lenguaje merece ser revisado. El psicólogo David Ley, cuestionó la expansión de las explicaciones que convierten determinados comportamientos sexuales en enfermedades con una lógica semejante a las adicciones a sustancias. Su planteo apunta a discutir la tendencia a utilizar la palabra “adicción” como explicación global de experiencias sexuales muy diferentes entre sí. La etiqueta puede hacer que cuestiones distintas aparezcan como si fueran una sola. Un varón puede sentirse culpable por mirar pornografía. Otro puede tener dificultades para controlar el tiempo que pasa frente a una pantalla. Otro puede estar atravesando un conflicto de pareja y utilizar porno como forma de evasión. Otro puede autoestimularse diariamente sin experimentar ninguna interferencia significativa. Y otro puede tener dificultades sexuales que no tienen relación causal con la pornografía. Ponerlos a todos bajo la misma categoría porque “miran mucho porno” no es necesariamente una manera de comprenderlos.

Entonces, ¿por qué algunos varones sienten que el porno les quitó el deseo?

Porque pueden estar ocurriendo cosas diferentes al mismo tiempo. En algunos casos, la pornografía puede convertirse en una modalidad de excitación específica. La pantalla permite elegir el estímulo, modificarlo inmediatamente, pasar de una escena a otra, buscar determinadas características corporales o prácticas y sostener una experiencia erótica completamente orientada a la propia excitación. El encuentro sexual con otra persona, en cambio, introduce negociación, reciprocidad, tiempos diferentes, vulnerabilidad, incertidumbre y la posibilidad de que el cuerpo de la otra persona no responda como se esperaba. Eso puede generar aprendizajes sexuales muy concretos. 

Un varón habituado a autoestimularse siempre de la misma manera, acompañado por un tipo específico de estímulo pornográfico, puede descubrir que determinadas situaciones sexuales requieren más tiempo o producen otro tipo de excitación. Eso no demuestra que su cerebro esté “roto” ni que haya desarrollado una adicción. Puede indicar que su respuesta sexual está fuertemente asociada con un determinado contexto erótico.

A veces la pornografía no causa la disminución del deseo: aparece después

Otro problema de las explicaciones simplistas es que invierten automáticamente la relación causal. Supongamos que un varón comienza a tener menos deseo sexual hacia su pareja. Puede estar atravesando estrés, conflictos vinculares, resentimiento, aburrimiento, presión por rendir, cambios en su estado de ánimo o simplemente una transformación en la relación. Paralelamente, aumenta la autoestimulaación con pornografía porque esa práctica le resulta más sencilla o accesible. Más adelante aparece el relato: “El porno hizo que dejara de desear a mi pareja”.

Pero también podría ser perfectamente posible que la disminución del deseo haya precedido al aumento del consumo. Los estudios que encuentran asociaciones entre pornografía y dificultades sexuales no necesariamente pueden demostrar que una variable provoque la otra.

La culpa también puede fabricar el problema

Algunas personas interpretan su consumo como adictivo principalmente porque creen que consumir pornografía está mal. Cuando la conducta sexual contradice los valores personales, religiosos o morales de alguien, puede aparecer una vivencia intensa de culpa, vergüenza y pérdida de control. La investigación sobre incongruencia moral ha mostrado que este componente puede contribuir significativamente al malestar asociado al consumo de pornografía.

No todo descenso del deseo es una enfermedad, y no toda variación del deseo necesita un culpable.  La evidencia no permite afirmar que la frecuencia de consumo provoque por sí misma una disminución del deseo y, mucho menos, que todo uso frecuente pueda explicarse como una “adicción”. Mirar pornografía diariamente puede formar parte de una vida sexual saludable y, al mismo tiempo, determinados modos de consumo pueden convertirse en problemáticos para algunas personas.

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Los titulares se desprenden de las consultas que propone la audiencia en @lic.noeliabenedetto

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