La Sexión: Cortejo y Masking

La Lic. Noelia Benedetto expone acerca de las diferentes estrategias que las personas utilizan a la hora de cortejar y ser cortejados y que se engloban en el concepto de masking.

Por momentos, vincularse parece un casting permanente. Hay escenas que se repite: alguien mira el celular antes de contestar un mensaje para “no quedar tan disponible”; otra persona ensaya frente al espejo una versión más graciosa de sí misma antes de una cita; otra oculta su ternura porque tiene miedo de ser leída como “intensa”; alguien disimula su deseo sexual para no quedar como “fácil”. ¿Estamos conociendo a alguien o estamos interpretando un personaje?

Veo a diario cómo el cortejo contemporáneo se ha convertido en un territorio donde el deseo, el miedo y la performance conviven. En ese escenario aparece con fuerza un concepto que hasta hace poco circulaba casi exclusivamente en comunidades neurodivergentes: el masking (mascarada o camuflaje). Pero hoy la palabra excede ese campo.

¿Qué es el masking y por qué nos atraviesa en el ‘mercado’ de las citas?

El término masking comenzó a utilizarse para describir la estrategia que muchas personas neurodivergentes desarrollan para camuflar rasgos propios y adaptarse a normas sociales neurotípicas. Este camuflaje puede implicar un alto costo emocional: agotamiento, ansiedad, pérdida de identidad.

Podemos pensar que en el terreno sexoafectivo muchísimas personas (neurodivergentes o no) “enmascaran” partes de sí mismas para encajar en guiones y expectativas románticas.

El masking en el cortejo está atravesado por mandatos

Las socializadas mujeres suelen enmascarar su deseo para no ser estigmatizadas; los socializados varones suelen enmascarar su vulnerabilidad para no ser desvalorizados; las personas LGBTIQ+ muchas veces han aprendido a enmascarar su orientación o identidad para sobrevivir. La máscara no siempre es una estrategia superficial: a veces es una estrategia de protección frente a un mundo que castiga la diferencia.

¿Quién puede mostrarse tal cual es?

En la vida presentamos versiones de nosotros mismos según el contexto. Pero una cosa es la adaptación flexible y otra muy distinta es el borramiento para gustar. El problema no es “dar una buena impresión” en una primera cita. El problema es cuando el vínculo nace sobre una ficción sostenida. Cuando lo que se pone en juego no es una versión posible sino una identidad entera diseñada para ser deseable.

Se escuchan frases como:

  • “Si muestro que quiero algo serio, se van”.
  • “Si digo que soy no monógama, no me invitan más a salir”.
  • “Si le cuento que no me gusta la penetración, va a pensar que soy raro”.

El masking se instala ahí: en el punto exacto donde la autenticidad parece poner en riesgo la posibilidad de ser elegidas.

Mandatos de género: la fábrica de máscaras

Los guiones de género moldean el deseo. Si a las socializadas mujeres se les enseñó a ser deseadas pero no deseantes, muchas aprenden a disimular iniciativa sexual en el cortejo. Si a los socializados varones se les enseñó que el valor radica en la “conquista”, muchos sobreactúan seguridad y experiencia, incluso cuando sienten miedo o torpeza. El resultado es un “mercado afectivo” donde nadie termina de saber quién es quién.

En aplicaciones de citas esto se intensifica. La lógica de la oferta y la demanda genera microestrategias de posicionamiento: fotos calculadas, biografías optimizadas, tiempos de respuesta estratégicos. El deseo se gestiona como branding. Y sin embargo, detrás de esa ingeniería del atractivo, lo que suele aparecer en terapia es el cansancio o la fatiga de las citas: “Estoy agotada de actuar”, “No sé quién soy cuando salgo con alguien”.

Masking y sexualidad

El masking también puede instalarse en la cama. Hay personas que actúan orgasmos para sostener la autoestima del otro. Personas que aceptan prácticas que no disfrutan para no “cortar el mambo”. Personas que exageran un deseo que no sienten o que minimizan uno que sí. En esos casos, el cuerpo y los guiones sexuales se convierten en escenario de una ficción.

No existe una forma “correcta” de desear, el deseo es contextual, variable, relacional. No hay una performance estándar que debamos cumplir. Pero el guión hegemónico, la educación sexual no orientada al placer y los mitos románticos siguen imponiendo expectativas rígidas. Y allí el masking aparece como intento de aprobación: “actúo lo que se espera de mí”.

¿Es posible un cortejo sin máscaras?

Ningún vínculo empieza (y se sostiene) con transparencia total. La intimidad se construye gradualmente. Pero una cosa es revelar capas de a poco y otra es diseñar un personaje que nada tiene que ver con nuestra experiencia real. Un cortejo más honesto no implica blanquear toda nuestra historia en la primera cita, sino animarse a mostrar señales auténticas: decir “me gusta hablar de esto”, “no me siento cómoda con aquello”, “prefiero ir despacio”, “quiero algo casual”, “quiero algo comprometido”.

No es algo simple, porque el miedo al rechazo es estructural. Y en una cultura que mercantiliza los vínculos, el rechazo se vive como pérdida de valor personal.

Es cierto que no todas las personas pagan el mismo precio por mostrarse tal cual son. Una socializada mujer que expresa deseo puede ser tildada de “donada”. Un socializado varón que expresa inseguridad puede ser descalificado como de “quedado”. Una persona trans* que revela su identidad puede enfrentar violencia. No se trata de romantizar la autenticidad sin reconocer los riesgos reales.

El costo de actuar todo el tiempo

En personas neurodivergentes, el masking sostenido puede derivar en burnout, depresión o crisis identitarias. En el terreno sexoafectivo, algo similar ocurre cuando la actuación se prolonga demasiado.

He acompañado procesos donde alguien sostiene durante meses una versión hipersegura, sexualmente siempre disponible, emocionalmente chill, hasta que un día colapsa y dice: “No puedo más”. El cuerpo suele avisar: disminución del deseo, ansiedad anticipatoria antes de los encuentros, irritabilidad, sensación de vacío después del sexo. Cuando el vínculo se construye sobre la máscara, cualquier intento de autenticidad se siente como amenaza de derrumbe. “Si muestro quién soy, me va a dejar”. Y a veces, efectivamente, la otra persona se va. Pero entonces la pregunta es: ¿Queremos sostener un vínculo que solo funciona mientras actuamos? ¿Qué tan sostenible es esto en el tiempo?

¿Cómo empezar a desarmar la máscara?

El proceso es íntimo y gradual. Algunas preguntas pueden servir como brújula:

  • ¿Qué partes de mí oculto cuando estoy con alguien que me gusta?
  • ¿Qué temo que ocurra si me muestro tal cual soy?
  • ¿Qué experiencias pasadas reforzaron ese miedo?
  • ¿Estoy sosteniendo un personaje que ya no quiero habitar?

No se trata de eliminar toda forma de presentación estratégica. El cortejo siempre tendrá algo de juego, de seducción, de misterio. Rechazar y ser rechazada son experiencias inevitables en el terreno afectivo. La clave es que no se conviertan en una sentencia sobre nuestro valor y que nos animemos a mostrarnos tal cual somos.

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Los titulares se desprenden de las consultas que propone la audiencia en @lic.noeliabenedetto

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