La Sexión: ¿Cómo no caer en el sexo vainilla?
La Lic. Noelia Benedetto nos habla acerca de la creciente tendencia a la búsqueda de experiencias sexuales extraordinarias y el valor del placer.

En los últimos años, las redes sociales instalaron una nueva preocupación sexual. Si antes el mandato era tener sexo, ahora parece ser tener un sexo extraordinario. El algoritmo está lleno de listas con “las diez posiciones que tenés que probar”, “cómo dejar atrás el sexo vainilla”. El mensaje es claro: si tu vida sexual no parece una película, probablemente estés haciendo algo mal, porque las redes no sólo muestran prácticas, también construyen estándares.
En el consultorio, esa preocupación también empezó a aparecer con más frecuencia. “¿Es normal que no hayamos probado determinadas prácticas?”, “¿Nos estaremos quedando atrás?”. Detrás de esas consultas hay algo que excede por completo la elección de una práctica sexual, lo que aparece es la presión de no estar viviendo la sexualidad que, supuestamente, deberíamos vivir.
Porque cuando a una persona le pesa que su sexualidad sea “demasiado vainilla”, lo que suele estar poniendo en duda no es el placer que experimenta, sino el valor que cree que ese placer tiene frente a un ideal construido socialmente. Es decir, deja de preguntarse si disfruta y empieza a preguntarse si disfruta de la manera correcta.
Durante buena parte del siglo pasado los discursos sobre sexualidad estuvieron atravesados por la prohibición, había prácticas permitidas y condenadas; deseos legítimos y vergonzantes. Sin embargo, en los últimos años comenzó a instalarse otro fenómeno, si antes la presión consistía en reprimir el deseo, hoy, en muchos casos, consiste en demostrar que ese deseo es suficientemente novedoso, intenso y creativo.
¿Qué decimos cuando decimos vainilla?
El término sexo vainilla se refiere a los lugares comunes del sexo: este sería heterosexual, entre dos personas adultas, donde la práctica primordial es el coito y no se busca experimentar mucho más allá de lo genital y las vivencias orgásmicas. Nació dentro de las comunidades BDSM, donde conciben ciertas prácticas sexuales como ese sabor de helado: clásico, convencional.
Nunca pretendió establecer una jerarquía entre unas experiencias y otras. Mucho menos sugerir que existía una forma superior de vivir la sexualidad. Simplemente describía preferencias distintas. El problema apareció cuando esa palabra salió de esos espacios y con el tiempo, especialmente a partir de internet, la palabra empezó a cargarse de un sentido despectivo. Ser “vainilla” pasó a asociarse con ser aburrido, previsible, poco creativo o sexualmente limitado.
El mandato de innovar
Vivimos en una época que convirtió prácticamente todos los aspectos de la vida en objetos de consumo. Consumimos experiencias, identidades, vínculos, bienestar, productividad y también sexualidad. La lógica del mercado necesita que siempre exista algo más para probar, algo nuevo por incorporar y una versión mejorada de nosotros mismos a la cual aspirar. La industria del bienestar lo hace con los cuerpos; la del desarrollo personal, con las emociones; la industria sexual, con el deseo.
En ese contexto, la innovación deja de ser una posibilidad para convertirse en una obligación. Ya no parece suficiente tener una vida sexual satisfactoria. También hay que demostrar que esa sexualidad está a la altura de las tendencias del momento. Como si el erotismo pudiera medirse por la cantidad de juguetes, prácticas o fantasías que una persona incorpora a su repertorio.
El verdadero enemigo no es la vainilla: es el piloto automático
Hay personas que tienen una vida sexual compuesta exclusivamente por besos, caricias y penetración y la disfrutan profundamente. Y hay otras que incorporan juguetes, juegos de roles, BDSM o distintas prácticas eróticas y, aún así, sienten que todo resulta mecánico.
Porque la rutina no depende del repertorio sexual, depende de la manera en que ese repertorio se vive. Cuando todos los encuentros siguen exactamente el mismo recorrido (la misma hora, lugar, secuencia, duración y objetivo) el cerebro deja de registrar la experiencia como algo novedoso y lo transforma en un hábito. El erotismo necesita cierta previsibilidad para generar seguridad, pero también necesita espacio para la curiosidad, la sorpresa y la atención.
No hay ninguna evidencia científica que indique que una relación sexual con diez prácticas distintas sea necesariamente más satisfactoria que otra en la que sólo haya besos, caricias y penetración. La satisfacción sexual nunca dependió de cuántas prácticas realiza una pareja, sino de la posibilidad de construir encuentros donde exista deseo, consenso, consentimiento, comunicación y libertad para explorar aquello que genuinamente produce placer en cada quien. La diferencia no está en la complejidad del menú erótico, sino en el sentido que esas experiencias adquieren para quienes las comparten.
¿Cómo salir del piloto automático sin caer en otro mandato?
Existe una idea muy instalada de que la sexualidad siempre debería ir “un paso más allá”. Sin embargo, esa lógica responde mucho más a la cultura del rendimiento que al funcionamiento del deseo.
Para salir del piloto automático hay que recuperar algo que suele perderse con los años: la curiosidad. Eso puede significar conversar sobre fantasías sin obligación de concretarlas, dedicar más tiempo al encuentro, cambiar escenarios cotidianos, explorar otras formas de contacto corporal, desacelerar, incorporar humor o permitirse que no todos los encuentros tengan exactamente el mismo objetivo. No existe una receta universal, cada vínculo construye su propio erotismo.
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Los titulares se desprenden de las consultas que propone la audiencia en @lic.noeliabenedetto
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