La Sexión: ¿Baja líbido masculina o crisis de los 40?
La Lic. Noelia Benedetto abrió la cajita de preguntas y respondió sobre qué ocurre con la líbido masculina alrededor de los 40 años. ¿Crisis? ¿Baja? ¿Qué ocurre?

Durante años, a los socializados varones se les vendió una idea tan simple como injusta: “el hombre siempre quiere”. Como si el deseo sexual masculino fuera una especie de motor eterno, automático, lineal, sin contexto, sin cansancio, como si el cuerpo masculino no tuviese permitido apagarse, dudar, angustiarse, aburrirse, enfermarse o simplemente no tener ganas.
Entonces cuando baja el deseo, cuesta excitarse, se registra un menor interés por el sexo, o el sexo ya no “funciona” como antes, enseguida se enciende la alarma. Cuando un varón deja de encajar en el mandato de potencia permanente, no solo se pone en juego su sexualidad: se tambalea una identidad entera. La idea de masculinidad hegemónica sigue atada al rendimiento, la erección, la iniciativa, la capacidad de desear, conquistar y responder. Todo lo demás se lee como falla.
El deseo no es una máquina
La líbido no es un interruptor, no se prende con una orden ni se mantiene viva por inercia. El deseo sexual es una interacción compleja donde intervienen el cuerpo, la salud mental, los vínculos, el estrés, el contexto, el sueño, la autoestima, la rutina, la historia erótica y también el clima emocional de la pareja.
Por eso, cuando un varón dice “no tengo ganas” no necesariamente tiene un problema. A veces puede haber un cuadro depresivo o ansioso, agotamiento, sobrecarga mental, estrés, una relación en la que el deseo quedó reducido a obligación, a culpa o a examen. También puede haber factores orgánicos: cambios hormonales, consumo de sustancias, tabaco, medicación, alteraciones del sueño, dolor, enfermedades metabólicas, hipertensión, diabetes o dificultades sexuales previas que generan evitación. Porque cuando el sexo se vuelve una escena de presión, el cuerpo muchas veces responde bajando el deseo para protegerse.
La crisis de los 40
La famosa “crisis de los 40” es una expresión muy estereotipada y cliché: Varón que cumple 40, se compra una moto, cambia de look, se pone a entrenar… ¿esto es realmente crítico? A esa edad, muchas personas revisan sus logros, sus vínculos, su cuerpo, sus fracasos y sus expectativas. En los socializados varones, esa revisión puede aparecer en forma de ansiedad y/o exigencia sexual: se compara con lo que “debería” poder hacer, considera que ya no responde como antes, extraña una versión de sí mismo que creía más potente. Y ahí aparece el problema: no solo cambia el cuerpo, cambia la relación con el cuerpo.
¿Baja de deseo o alta presión para cumplir?
Hay una gran trampa en el modo en que se habla de sexualidad masculina: se confunde deseo con obligación. Muchas veces el varón no está deseando menos; está deseando distinto, o está exhausto, o está aburrido de una sexualidad predecible, o está saturado por una vida adulta que dejó poco espacio para el erotismo. También puede ocurrir que el deseo baje cuando la sexualidad está separada del placer y atrapada en el resultado. Si cada encuentro termina en hacer una checklist de si hubo determinada erección, penetración y orgasmo, el cuerpo deja de vivir el sexo como experiencia placentera y empieza a vivirlo como prueba. En esa lógica, cualquier variación se vuelve una amenaza y entonces frente a tanta exigencia el deseo se retrae.
El mito del varón que siempre quiere
El modelo tradicional marca: el hombre propone, la mujer dispone. El varón está siempre listo, a la mujer le duele la cabeza. Esa narrativa empobrece la experiencia sexual de todas las partes. Porque los socializados varones también necesitan ternura, juego, descanso, consentimiento, exploración, vínculo, fantasía y permiso para no estar siempre “encendidos”. Y porque también les pasa algo a muchas parejas: cuando una persona se acostumbra a que el sexo esté garantizado por rutina, el erotismo se apaga. El deseo no tolera bien la previsibilidad extrema ni la obligación. Entonces, parte de la llamada “baja líbido masculina” no es un déficit individual, sino el efecto de un modelo de masculinidad rígido y profundamente exigente.
Lo que sí conviene preguntar
Antes de pensar en “algo grave”, conviene hacerse preguntas menos espectaculares y mucho más simples:
- ¿Estoy durmiendo bien?
- ¿Estoy estresado o deprimido?
- ¿Estoy tomando medicación?
- ¿Hay conflictos vinculares?
- ¿El sexo se volvió una obligación?
- ¿Tengo miedo al fracaso?
- ¿Siento presión por rendir?
- ¿Sigo deseando, pero ya no de la misma manera?
- ¿Estoy cansado de la forma en la que vengo viviendo el sexo?
A veces la respuesta no es “perdí el deseo”, sino más bien “perdí el entusiasmo, las ganas, la atracción”.
¿Qué se hace cuando baja la líbido?
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Primero: no dramatizar ni ridiculizar. El humor social suele ser despiadado con el varón que “no puede” o “no quiere”.
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Segundo: separar la sexualidad del rendimiento. El cuerpo no vuelve a desear por presión, vuelve a desear cuando hay espacio, seguridad, descanso, curiosidad y menos mandato.
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Tercero: revisar el contexto. Muchas veces la baja líbido es una consecuencia lógica de vivir agotado, ansioso, desconectado o en una relación donde el deseo quedó atrapado en la repetición.
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Cuarto: consultar. A veces hace falta descartar causas orgánicas, farmacológicas, hormonales, de salud mental. O abrir una conversación honesta sobre qué erotismo querés construir hoy, y no cuál te funcionaba hace 15 años, hay que poder hacer un duelo por el rendimiento de los veintis.
Por último, es importante entender que el deseo también madura, y parte de este proceso es dejar de sentirse obligado a decir que sí todo el tiempo y empezar a preguntarse qué realmente me gusta, qué partes de la sexualidad disfruto y cuáles se volvieron una obligación o mandato.
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Los titulares se desprenden de las consultas que propone la audiencia en @lic.noeliabenedetto
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