La Sexión: Alcohol y consentimiento
La Lic. Noelia Benedetto repasa nociones de consentimiento a partir de los dichos en un canal de streaming sobre consumo de alcohol y sexo.

Bauletti en un stream volvió a poner sobre la mesa una discusión que ya debería estar cerrada: cómo se banaliza la violencia sexual cuando se la disfraza de humor y qué lugar ocupa el consentimiento cuando aparece el alcohol de por medio. Uno de los mitos más persistentes es creer que estar borracha vuelve a una persona disponible.
El chiste que no fue un chiste
Lo que detonó la polémica fue una frase pronunciada durante una transmisión en vivo de Mernosketti, el canal integrado por Mernuel, Moski y Bauletti. En ese vivo, Bauletti recordó a una joven con la que había estado y lanzó el comentario “Estaba borracha y regalada, era sencilla la tarea”. Este se viralizó, generó un fuerte repudio y terminó obligando al streamer a pedir disculpas públicas. Mernuel se desmarcó de la escena y dijo que no correspondía tratar ese dicho como humor. Ambos reconocieron, además, que las risas posteriores tampoco ayudaron: al contrario, reforzaron el problema.
La polémica no nace únicamente por lo desubicado de una expresión, sino por lo que esa expresión organiza simbólicamente: una mujer intoxicada es presentada como “fácil”, “disponible” o “sencilla” para la “conquista”, como si el estado de vulnerabilidad pudiera traducirse en consentimiento. Y eso es justamente lo que el consentimiento no es.
Alcohol no es consentimiento
Hay una idea muy instalada en el imaginario popular: que el alcohol “desinhibe”, “da coraje” o “facilita” el sexo. El alcohol no habilita el consentimiento. Cuando una persona está bajo los efectos del alcohol, su capacidad de decidir puede verse viciada. El consentimiento no es una intuición. No es “creo que sí”, “me parece que no se opuso” o “no dijo que no”. Consentir implica una decisión libre, voluntaria, consciente y revocable. Si hay ebriedad, inconsciencia, somnolencia o incapacidad para evaluar lo que pasa, no hay consentimiento posible.
El alcohol no “ayuda” a que algo ocurra. Puede bajar inhibiciones, pero bajar inhibiciones no equivale a dar permiso. Por eso, cuando el alcohol aparece en una escena sexual, la responsabilidad de quien desea avanzar no disminuye: aumenta. Y aumenta porque la otra persona puede no estar en condiciones de decidir con total libertad.
Cuando una persona no está en condiciones de consentir por alcohol o sustancias, siempre hay que suponer que se está negando. El consentimiento puede retirarse en cualquier momento, y una relación sexual con una persona que no pudo expresar libremente su voluntad por intoxicación entra en el terreno de la violencia.
Los streams no son charlas privadas
Ese es uno de los grandes desafíos de la cultura digital actual, los streams no son charlas privadas. Son espacios públicos con enorme circulación, fragmentación viral y efecto pedagógico. Enseñan maneras de hablar, de reírse, de desear y de desentenderse. En ese marco, la responsabilidad no es menor ni puede medirse con la vara del “lo dije en joda”. Cuando millones de personas ven ese intercambio, la pregunta no es sólo qué quisieron decir, sino qué idea del sexo, del poder y de los límites se está naturalizando. Ese es el aspecto que muchas veces se esquiva: se discute la reputación del emisor, pero no la estructura de sentido que el dicho deja al descubierto.
El punto ciego de la educación sexual
Todavía hay un gran punto ciego en la educación sexual integral: muchas personas saben que el consentimiento “importa”, pero no terminan de entender qué lo invalida. No basta con saber que existe el concepto. Hay que comprender que el consentimiento necesita condiciones. Necesita lucidez, libertad, posibilidad de disentir y posibilidad de cambiar de opinión. Por eso una persona alcoholizada puede estar sin herramientas para decidir plenamente.
También hay un problema de guión cultural. Durante mucho tiempo se instaló la idea de que el varón debe insistir, leer señales, “aprovechar el momento”. Esa pedagogía es compleja porque hace pasar por seducción lo que muchas veces es presión o coacción. Y cuando el alcohol se suma, el terreno se vuelve todavía más resbaladizo.
Lo que deja al descubierto
El episodio de Bauletti no debería leerse sólo como un error de comunicación. Deja ver una matriz cultural más profunda. También deja una enseñanza: el consentimiento no se negocia con alcohol, no se adivina y no se reemplaza por contexto. Si una persona no puede decidir libremente, no puede haber encuentro sexual. Punto. Tal vez lo más incómodo de esta discusión sea aceptar que seguimos necesitando explicarlo. Pero mientras sigan circulando chistes que presentan a una mujer borracha como “tarea sencilla”, la explicación sigue siendo necesaria. Para que se aprenda una lección básica y urgente: que cada persona entienda que el deseo no puede construirse sobre la confusión de otra. Sin libertad no hay consentimiento; sin consentimiento no hay encuentro legítimo; con alcohol de por medio, la responsabilidad de verificar esa libertad aumenta de manera radical. La ebriedad no vuelve a nadie “más fácil”; vuelve más necesario el cuidado. Y cuando ese cuidado falla, no estamos ante una anécdota ni ante un malentendido: estamos ante una señal de alarma sobre cómo seguimos pensando el sexo, el poder y los límites.
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Los titulares se desprenden de las consultas que propone la audiencia en @lic.noeliabenedetto
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